lunes, 30 de marzo de 2015

Confesión errante

Apareciste al mediodía, sin anunciarte. Recuerdo claramente la lluvia cobriza sobre tus hombros, otrora bañados de sol.
Debo admitir que te esperaba antes. Te espere por siglos sin saber de nombre o rostros, pero sin duda alguna te esperaba a ti antes de la encrucijada.
¿Que para que te quiero?
...No lo se. Nadie sabe nada por estos rumbos. Las cosas pasan, y uno simplemente camina. Tampoco se a ciencia cierta a donde me dirijo, pero el reloj exige movimiento.
Dos remansos de miel entre tus sienes. Profundos. No se cuanto, me parecen infinitos.
Mentiría si digo que no quiero detener mis pasos, que no quiero retirarme el sombrero y la corbata, y embriagarme de ti, de tu infinito y mis pluscuamperfectos que crecen conforme me alejo viendo atrás; por que ya no hay otra manera de verte salvo volteando atrás, hasta la tortícolis.
Lo peor de todo esto es el silencio, que se viste de gala y nos salva de nosotros mismos.
Ahora sonríes y me preocupa, por que cada gesto tiene garras. Por que hoy no soy ni el cazador, ni la presa.
Me sabes amarga en el retrogusto, podría jurar que hasta me dueles. Caprichosamente me dueles.
Y no hay promesa alguna después de la palabra dada, salvo la mentira.
-¿Quien eres?- Te pregunto.
(...Nuevamente el silencio que nos salva).
Tal vez tampoco sabes.
Tal vez no me esperabas.
Tal vez igual que yo...
... tu vas de paso.

sábado, 15 de febrero de 2014

La Caza.

De Septiembre a Noviembre he sido su sombra.
Llego por casualidad, como las grandes cosas. Sin anunciaciones, sin previa cita. Apareció un día, caminando por la otra acera. Altiva, presurosa, mujer de mundo, o por lo menos, esa imagen trataba de vender. A leguas se notaba que no sabia andar en altos, y en consecuencia esos pasos breves, lateralizados y a brinquitos le delataban.
Si he de describirla, no podría hacer justicia. Y quizás, no es pertinente que te diga lo que en mi despierta. Podrías pensar cosas...
Pero todo, claro esta, obedece a un sueño: El carmin y la nieve. Los suspiros. Los aromas. Los momentos. Estos ultimos efimeros, fugaces. Todo el formol del mundo no habra de preservar uno solo.
Idiota el que haya dicho que tengo problemas con mi madre. Idiota!
Este es un juego, punto. Un juego con boca de embudo. Y se que voy bien, me lo dicen las palpitaciones en el cuello, y mi respiracion entrecortada.
Sabes?  Mucho se puede saber observando. Y mucho se puede observar mientras se espera.
¿Y que espero?
... el momento preciso.

lunes, 11 de octubre de 2010

Alborada


Amanece nuevamente.
Ella se ha ido.
Tal vez se fue por siempre
(tal vez no estuvo nunca).
Pero no esta... y la extraño.

Extraño la aventura de sus besos
y el misterio de sus ojos.
Extraño lo furtivo del sexo.
-tal vez un dia vuelva- murmuro
y sonrio mientras me engaño.

Canta un jilguero a lo lejos
(la vida sigue...);
emprende un nuevo vuelo
y se pierde en la distancia
como un sueño.

Amanece nuevamente.
Tambien de ella me he ido...
...y tal vez me fui por siempre.



sábado, 9 de octubre de 2010

Consecuencias.

Camino a tientas, saboreando con los dedos muros invisibles.
Muros que saben a naufragio.
Naufrago de ti y de mi, me aferro a la idea de llegar a tierra;
tierra firme labrada en realidades,
donde termine nuestro mar anochecido,
que alguna vez inventamos como juego.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Enero


Enero es un palomino con barra de porte ligero, a juzgar por su aspecto, ya entrado en años.
Hace algún tiempo que se le ha visto pasar a galope tendido por los alrededores. ¡Y Desde lejos se le nota lo fino!
Nadie sabe a ciencia cierta bajo que nombre responde ni que rumbo lleva. Le llamaron Enero a causa de su triste historia.
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Según esto, cuando potro, estaba destinado a la hípica. Se le dio crianza en algún establo, de esos de gente adinerada asiduas a las apuestas. Alimentándose de los mejores forrajes y piensos.

Tras una que otra carrera. Una lesión y una derrota le costaron su estilo de vida.

Rengo, a duras penas, una mañana se lo llevaron al monte para dormirlo. Había costado muy caro, como para seguirlo manteniendo. Una sola bala era lo más sensato.

Fue entonces que conoció a su jinete.

Don Justino, un viejo mensajero, que; en vista de su necesidad, cortaba camino por el monte para llegar al poblado más próximo, se topo con la triste escena en la que un peón se disponía a darle fin a quien después fuera su amigo, por tener una pata lastimada.
-No lo mates….- dijo. Y se puso entre el cañón y el equino.
No quedándole al peón, más que un suspiro de alivio (quizá porque jamás estuvo de acuerdo en las medidas a tomar), se dio la media vuelta y se perdió entre la bruma sin decir una palabra.

Se gustaron desde el inicio. Hay que haber nacido uno para otro. Y al parecer, así fue.
Aquel joven caballo, parecía sentirlo.
Sus enormes ojos negros, como cristales que contuvieran la noche dentro de sí, se posaron sobre el viejo mensajero, quien cuidadosamente, y de abajo a arriba, le acaricio el cuello, la mandíbula, los belfos y la cara. Le reviso el enrase de la dentadura y sonrió para sí.
-Aun estas potro - le dijo.
Le vendo la pata, le ato de un cordel, y lentamente caminaron juntos rumbo al pueblo más cercano para curarlo y cumplir con su empresa.

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Bestia y llanero eran uno, decía la gente. Parecían entenderse como viejos amigos, por que se tenían nada mas a ellos mismos, y sus encomiendas eran su única responsabilidad.

Las más de las noches dormían a cielo abierto, al calor de una fogata. El viejo entonaba canciones que nadie más escuchaba, salvo su “cuaco” (que era así como le llamaba de cariño) y la luna.
El animal contemplaba apacible el firmamento. Sabrá Dios que pensaría. Pero eso sí, jamás fue tan bella la vida sencilla, en la que un trabajo decente y agotador le ganaba el alimento, a su parecer; el forraje más sabroso y fresco que su paladar había probado. Finalmente, y rendido tras un día difícil, conciliaba el sueño al lado de su amo. Habría que ser animalito para experimentar la gratitud tan grande de la que estos rebosan.

Tras varios años de oficio. Aquel caballo, para entonces ya maduro, conocía perfectamente las rutas hacia los pueblos vecinos, que con frecuencia visitaban. Tras cada entrega, su amo lo premiaba, a veces con zanahoria, otras tantas con manzana ocasionalmente con un trozo de pan duro. Le daba una palmadita, y le decía: “Bien hecho”. Eso era suficiente razón para ser feliz: Ser querido.
Aquellos fueron los mejores años. Los que brillan con futuro. Los que dan fuerza para lo que viene.
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Una mañana de invierno, a mediados de Enero. Justino se despertó con un intenso dolor en el pecho.
Si bien, es cierto que a su edad, de la cual no llevaba cuenta, pero ya muchos años, eran relativamente normales ciertas dolencias; esa en particular, sintió que le anunciaba el final.

Salió temprano ese día. Sujetó de alguna manera su morral al lomo del equino, sin que le resultara incomodo, y le dijo: “Ten, este es tuyo. Y es todo lo que tengo.”
Lo monto a puro pelo. Una silla de montar implica dueño, y ese día serian viejos amigos, y nada más.
Acabaron con la estafeta para el final del día. Anochecía.
Justino sudaba, y temblaba de dolor apretándose el pecho. Sin embargo, como de costumbre, encendió una fogata. Alimento a su caballo, premiándolo al final, como siempre, con una manzana. A la luz de la luna y al calor de la hoguera, le entono tristemente la única canción que conocía, mientras le acariciaba, y al final le dijo sonriendo:
“Gracias por todo, muchacho. Eres fuerte y seguro te quedan muchas praderas por recorrer. Pero no vayas a olvidar tu trabajo, de acuerdo?.... Por que como mi cuaco no hay dos”
El caballo, inquieto lo miraba, como entendiendo y negándose a la despedida.
Justino se fue a dormir. Nunca despertó.

Esto sucedió un Enero. Hace ya algún tiempo.
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Pasaron los días, y nuevamente apareció galopando por los alrededores. Con su morral vacio en el lomo, y con los ojitos, esos que guardaban la noche en ellos, llenos de tristeza y asertividad. Ya no lleva jinete a cuestas. Solo le ha quedado el recuerdo y la rutina.
Muy temprano de mañana, día tras día se le ve paseando por las calles, como buscando un lugar. Frecuenta sitios que en otros tiempos visito como encomienda. Tal vez se le figura que nos dice algo, o que con ello cumple su trabajo.
Quienes conocen la historia, ocasionalmente le premian con algún fruto.
Los niños a veces le depositan cartitas en la bolsa, para que las entregue sabrá Dios donde. Parece que supiera, y en agradecimiento, responde con un trotecito gracioso que jamás perderá el encanto.
Termina su recorrido, y abandona el pueblo dirigiéndose al siguiente, de prisa.
-Allá va Enero el palomino- dicen con gusto y con lastima.
Enero, porque todos saben que fue cuando se quedo solito.

Por las tardes, el cielo se pone arrebolado anunciando la noche. La tierra contrasta, morada. Al fin fresca. A lo lejos, las estrellas se pelean por brillar primero. El viento sopla con desgano tras un día largo.
Enero galopa como si no hubiera mañana, con un rumbo que solo él conoce. Quizá se dirija a los restos de una vieja hoguera ya apagada, a dormir bajo la luz de luna arrullado por el recuerdo de una triste tonada. Pero no se detiene, guarda un motivo. Y para quien tiene un motivo no hay tregua.

No te canses nunca Enero!

jueves, 8 de julio de 2010

Minucia mexicana tocante al amor.

Para Tania G.

Me gustas por mujercita.
Porque eres campo fertil todavia,
y me sabes al cafe de madrugada.
Me gustas porque eres lluvia vespertina,
que mas que nada sofocas,
te haces riachuelo y bajas la empedrada.
(y ni quien te detenga....)

Blanquita y colorada, asi me gustas,
como casita antigua con tejado.
Por que eres el viejo sentado en la poltrona,
y los niños jugando al fut con dos piedras como porteria.

Me gustas por tu andadito insospechado
como de alazana fina despuntada,
contento y a brinquitos,
pero libre y sereno como tu persona.

Me gustas por que eres campanada de la iglesia
un domingo a mediodia,
y mas tarde eres la banda que toca en el Kiosco,
y por la noche, los artificios de las fiestas patronales.

Asi eres tu, de arcoiris furibundo,
coqueta, misteriosa, desdeñosa
y jamas dices: "si, te quiero."
Nomas sonries maliciosa,
y entonces me gustas con tequila y Jose Alfredo.

(La puritita verdad;
me gustas porque nomas contigo me apendejo.
Por Diosito santo que si....)

miércoles, 12 de mayo de 2010

Mar



Para Berenice B.


El mar siempre habia sido el unico testigo. Teniamos por costumbre visitarle a menudo. Unas veces como amantes, otras tantas disfrazados de enemigos. Siempre juntos. A cambio, el oleaje permanecia sereno y dulce, como al compas de un vals.

En ese entonces, recuerdo vagamente; el mar vestia de zafiro, y la luna de alabastro.

La hice mia no se cuantas veces. Tambien fui de ella. Soliamos decir "te amo" con el formalismo de quien conoce la respuesta y aun asi espera escucharla de otros labios.

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El erratico y levogiro caminar del tiempo nunca se detuvo. Pense en la estatica de un "para siempre". Estaba equivocado. (morir, tambien es ley de vida)
Timida, me dijo un dia: "Tengo que irme, aqui no hay un lugar para mi."

Y asi fue. Se marcho un dia, y se olvido de todo.

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Diario, mas que nada por costumbre, acudia con el mar para esperarla juntos.
Compartiamos recuerdos. Unos cuantos tristes, la mayoria alegres. Platicabamos de cosas triviales y reiamos, llenos de esperanza.

Ella nos hacia mucha falta.

Pasaron los dias, y poco a poco nos gano el silencio. La gente desfilaba, nosotros permaneciamos inmoviles, como echando raices. Raices de recuerdos.

Ella no volvio.

La presumimos muerta para entonces recordarla gratamente. (de otra forma la verdad nos lo impide)

No puedo negarlo, varias veces intente suicidarme, y el se rehuso a ser mi complice. Me sentia derrotado. Entonces preferi estar solo y deje de visitarle.

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De eso, hace ya tiempo. Finalmente comprendi que todo es movimiento. Asi como los vientos, asi como los dias van uno tras otro, asi como las aves migran. Acaso un par de cicatrices quedan, y no son para incidir sobre ellas y hacer nuevamente una herida. Comprendi que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Me apresure a la costa. Quise saludar a mi viejo amigo. Mostrarle mis alas nuevas.

Me encontre con un mar desconocido. Aguas nuevas y turbias, que nada saben de historias.

Mi mar se habia ido. Quiza el tambien lo habia entendido.